Nos cuenta la anciana épica que fue Hernán Cortés en México quien, con intención de clarificar a sus tropas que no habría lugar a la retirada, quemó sus barcos frente a la costa donde todos sus subordinados pudieran verlo. Triunfar o morir, tremendismo atroz.
En el hoy, y con el contexto actual de penuria estable y gris, no son pocas las personas que deciden barrenar el camino de vuelta. Eligen como método la desmemoria selectiva, rasurar momentos y personas. Eliminar vestigios de su ayer, con el único propósito que ese autoflagelo sea suficiente para espolearlos a un cambio. Reinventarse es el PINCODE de los insatisfechos crónicos. Resetear, la forma de vida de los eternos proyectos de... Creen que hallarán en esas llamas de ruptura las musas llamadas a motivarlos para hacer lo que, en todos los años anteriores de su vida, no fueron capaces. La ruta de escape hacia un lugar mejor, oculta por la lacerante calma chicha de su cotidianidad.
Hay quien corta todas las comunicaciones con su recuerdo, aún las más leves. Culpando con ello a lo exógeno de su desventura, abigarrando su deseo con la tozuda realidad. Dedicados con supersticiosa fijación a borrar todas sus huellas malogradas, mientras suponen con ello, conjurar ese vacio existencial que las encadena al "pause" de sus días iguales. Hay quien hace de su derecho al olvido una patología. Al tiempo que eliminan momentos inocuos y actores de reparto en sus vidas, una bulimia compulsiva de nieblas y coartadas aparece en ellos. Ansiosos y urgentes se aplican a la tarea del negacionismo de todos sus fracasos y renuncias. Obcecados en reiventarse, convertidos en yonkis de la simulación. Condenados a meter tripa y contestar en modo automático un "Esa no era yo" con cada ola que traiga a la costa un mastil, una quilla, un cabo suelto de ese pretérito molesto que les separa de su Xanadú.
No parece importar a esa persona que se entrega a estas hogueras vitales, que aquello que se consuma en estas sea probablemente el alma misma del pirómano. Compulsivamente y apremiados por su insatisfación con la actual suerte van borrando sus huellas, aún a costa de las que fueron felices. Renuncia a renuncia, restando constante y consciente. Esa persona, pretendidamente "nueva", no puede ignorar el desenlace de tal saqueo. Y si conociéndolo aún persevera, su tóxica lucidez se asemeja a esos condenados a muerte que en sus sentencias son obligados a cavar la tumba que los cobijará después. Afanados en una tarea cuyo final nada bueno habrá de traer a sus autores.
No hay arbol más bello, ni con más futuro, que aquel que cuenta con las raices más profundas y antiguas. Nada está más lleno después de vaciarlo. No podemos ser aquellos que seremos, sin invitar a esos otros que fuimos.
Mis naves por hoy se quedan en buen puerto y a salvo.